En busca del… ¿éxito?

Este mes os presentamos un testimonio de vida, el de María Martín, que ha querido compartir su transformación tras un año difícil en el que su vida se tambalea y aprende a vivir con muchísimo dolor, de una nueva manera más presente, real y firme:

Para empezar, dejadme por favor retroceder un par de años… hasta mayo de 2024.

Mi amiga Sonia y yo estábamos preparando el viaje de verano; dos semanas de agosto como acostumbraba a ser desde ya hacía tiempo, pero con una novedad: haríamos nuestro primer safari, recorreríamos 5 parques nacionales en Tanzania y acabaríamos en las turquesas aguas de Zanzíbar.

Hasta que embarcamos aquel agosto en lo que sería una experiencia maravillosa e inolvidable (y no por lo exótico del destino), yo seguía al mismo ritmo de trabajo: interminables jornadas y ascensos meteóricos, ¿en busca del éxito? Creo que sí, en búsqueda de eso que yo llamaba éxito entonces.

Generaba pocos recuerdos; los días llegaban y se iban como si tal cosa, y volvía a empezar. Entradas, salidas, sitios de moda y muchas horas delante del ordenador conectada a reuniones interminables, mientras leía algún que otro correo y hacia la lista de la compra o cogía cita para la manicura.

2024 se fue y empezó 2025, que progresaba a gran velocidad. Seguía al mismo ritmo de trabajo y con el ojo puesto en las nuevas aperturas de restaurantes. Entre todos,  recuerdo que nos llamó la atención uno de cocina contemporánea, había mesa para ese mismo sábado, 15 de marzo, ¡qué suerte! Plan perfecto… que nunca se llegó a realizar.

Ese jueves 13 por la mañana, entre teleco y teleco, hablé con Sonia, estaba constipada. Para ella también estaba siendo una temporada intensa de trabajo.

Recuerdo perfectamente el viaje en coche del viernes 14 y aquel momento en el que suena una canción de ritmos africanos de manera aleatoria, que me hizo saborear de nuevo los días de safari. Se la envié, pero nunca supe si le gustó o si le generó el mismo sentimiento que a mí. Quiero sentir que le llegó mi recuerdo compartido de un viaje tan especial.

Tras varios intentos de contactar con ella y ante su no respuesta, decidí irme ese mismo sábado por la mañana a su casa. Estaba asustada, no entendía nada,  ¿estaría enfadada?... Mi amiga Sonia, esa que siempre le fue fiel a sus valores y principios, había fallecido.

Hasta ese mismo día, mi vida había tenido días muy buenos, buenos y, solo unos pocos, muy pocos, menos buenos. Se me vino el mundo encima. El tiempo empezó a pasar despacio. Los días, de repente, eran largos.

Una gran soledad, desconocida por mí hasta entonces, tristeza y un salir de casa incesante como forma de evasión; no quería pensar, ni siquiera sentarme en el sofá. Continuaba trabajando, quizá más intenso para compensar esos días en los que la cabeza me hacía estar lejos de mis obligaciones profesionales. Estaba agotada.

Transcurrieron unos meses en los que continué arropada por mi gente, esa que se empeñaba en demostrarme a diario lo bonito de la vida; gente que ya conocía y también alguna nueva incorporación enviada por ella, allá donde esté. Qué curioso fue aquello, cuando una se encuentra en la fase de máxima vulnerabilidad de su vida y justo llega esa persona; esa luz en días grises. Y de repente, él se convierte en mi refugio. Alguien con quien compartir sin miedo, con quien llorar a deshora y con quien reír sin límites.

Mi mente cuadriculada también hizo su parte. Gracias a lo que hoy veo como virtud, me vi inmersa en una disciplina de cuidado casi militar que me obligaba a una rutina de ejercicio, alimentación y tareas domésticas sin pensar.

Y, cuando parecía que todo empezaba a estabilizarse, a mi madre le detectan una enfermedad grave. Fue en agosto. Yo me preguntaba cómo podía ser que en un plazo que no llegaba a los 5 meses, la vida me diera donde más duele, y no una vez, si no dos.

Decidimos irnos a un pueblito de Salamanca a cargar pilas y afrontar lo que estaba por venir. Tuve que aparcar a Sonia y centrar la poca energía que tenía en lo que estaba pasando.

La angustia y la incertidumbre se colaron en mi día a día. Llegó un momento en el que sentía no estar haciendo buen trabajo en nada, ni con nadie. Entonces me di cuenta y decidí parar, apartarme del ámbito laboral un tiempo, y fue la mejor decisión que pude tomar. Para acompañar y cuidar a mi madre, necesitaba descansar y mirar por mí, si no estaba bien conmigo misma, no lo podía estar con los demás.

Durante ese tiempo reflexioné profundamente en como la vida te enseña a priorizar, a dar importancia a lo que realmente la tiene y como de efímera es. La vida me ha vuelto a demostrar lo afortunada que soy por estar rodeada de gente que apretó fuerte mi mano y aún hoy, no me han soltado.

Soy una nueva persona. El éxito ya no es lo que era en 2024, ahora es tener paz de mente. Es saber disfrutar de las pequeñas cosas que antes pasaban desapercibidas. Es saborear el café por las mañanas y oler profundamente el gel de baño mientras me ducho.  Es abrazar de verdad. Es una partida de parchís. Es volver a ese pequeño pueblo salamantino, que ya es nuestro santuario, y dar gracias porque seguimos juntos.

Permitidme que desde aquí haga un pequeño homenaje a mi madre, que hoy 28 de mayo cumple 70 maravillosos años estando más llena de vida que nunca: “Mamá, eres admirable, un ejemplo de valentía y fortaleza. Gracias por enseñarnos a luchar y reforzar el hecho de que no hay mal que por bien no venga. Te quiero infinito”. María.