Vivir: Un viaje con pérdidas, crecimiento y esperanza
Desde que nacemos, empezamos el camino de la vida y con ella, un continuo afrontamiento de situaciones que nos marcan. Dependerá de los acontecimientos que se presenten y de la propia persona, de sus recursos, su desarrollo, su aprendizaje… para que, sin ser conscientes de ello, la vida evolucione y se forje.
En nuestra vida hay pérdidas de todo tipo, la de nuestro ser querido, la mascota con la que jugamos durante 14 años, la enfermedad que irrumpe inesperadamente, el progenitor ausente del hogar familiar, el despido de un trabajo, el desplazamiento a otro país… Sin darnos cuenta, vamos afrontando todo ello según va surgiendo y, en muchos casos, no estamos solos cuando nos llega la dificultad. Somos seres sociales y lo más habitual es que haya alguien que nos apoye: familia, colegio, amigos, compañeros, asociaciones… aunque, a pesar de todos ellos, podemos sentir soledad.
Desde Vida y pérdida, lo que pretendemos es acompañar a quien lo necesite en su viaje emocional de la vida, en este camino en el que poder compartir parte del sufrimiento que, necesariamente, surgirá de todo ello. En los adultos, una muerte, un fracaso afectivo, una enfermedad nos afecta de tal manera que afrontarlo producirá una crisis de la que nadie sale indemne, tiene un efecto sobre la persona en la que se descubre como si “ya no fuera la misma” o “nunca volveré a ser como antes”. Todos tendremos pérdidas y es totalmente necesario hacer un trabajo que nos lleve a transitarlas, comprenderlas, elaborarlas e integrarlas. Por esto, los que acompañamos creamos una relación de ayuda que transformará a ambas partes, al que la vive y al que acompaña.
La vida es dura, pero es de una gran belleza y merece la pena cada minuto de ella. La nuestra tendrá diferentes momentos, unos fáciles y otros complicados, unos que podremos soportar y otros que serán devastadores en los que nos agotaremos, nos veremos sin fuerzas, desfondados en el modular nuestras emociones y necesitaremos “parar” y, sobre todo, respirar... Si nos damos cuenta de ello, trabajaremos de una manera y nos detendremos. En esta parada notaremos como la vida sigue su curso, habrá personas que entren y salgan en nuestro momento vital y tomaremos distancia para analizarlo. Si no lo percibimos, quizá sea la propia situación la que nos paralice, como cuando la ansiedad obliga a nuestro cuerpo a hacer la pausa. Y es aquí en donde nuestro acompañamiento puede ayudar a guiar estos momentos emocionales del interior de la persona.
A lo largo de la vida pasamos por momentos “dulces” en que todo va viento en popa, nos sentimos bien y todo ocurre según lo que prevemos. No hay obstáculos y nos sentimos en equilibrio y con serenidad. Pero otras veces la vida se nos pone muy “cuesta arriba”, como una gran montaña a escalar, llena de cantos rodados que nos hacen dar los pasos con dificultad y terraplenes en los que caer... Aquí tendremos que ir con cuidado, buscar unos buenos apoyos para no resbalar, dosificar nuestras fuerzas y seguir adelante con determinación y esperanza. Es entonces cuando aparece el desierto.
Algún momento de nuestra vida nos situaremos en él, no tendremos fuerzas, nuestros sentimientos estarán en un caos y nos faltarán recursos para lograr el equilibrio. El desierto es inmenso, de día no podremos casi ni respirar y de noche nos congelaremos de frío… Tendremos que andar a la caída de la tarde y mientras llega ese momento, pararemos y buscaremos un refugio que nos proteja de ese sol asfixiante. Por la noche tendremos que cobijarnos con abrigo para no congelarnos y buscaremos un oasis en el que protegernos con la sombra de sus palmeras y, con suerte, encontrar agua para calmar la sed. En el desierto también hay silencio, pero es necesario para reflexionar y reubicar nuestra escala de valores que, desde luego, toma una dimensión muy diferente.
Hace un mes, al entrar en la consulta, me fijé en la calle y vi una rama muy pequeña aplastada por una rueda de coche. La cogí y pensé, “voy a ver si la enderezo…” la metí en agua desde entonces y aquí está, echando raíces. Podría plantarla ya, pero no lo voy a hacer porque me gusta ver las raíces que le van creciendo… Así nos podremos sentir en ocasiones, dañados, heridos, sufriendo. A diferencia de la rama, tú puedes buscar tu mano amiga cuando lo necesites y atravesar con ella el desierto. Piensa en quién puede ser ese ser humano con el que caminar (tu amigo, tu hermano, tu pareja, tu compañero, tu profesor…) elígelos en su humanidad y camina con ellos para lograr salir del desierto… porque de la crisis se sale, se crece… hay esperanza en el intento de lograr estar en equilibrio con uno mismo.
Si te encuentras en el desierto, no olvides que no estás en soledad, busca tus apoyos y, si no los encuentras o crees que no son suficientes, no dudes que aquí nos tienes para atravesar ese páramo con nuestra compañía porque “Aquí hace menos frío que en la calle” (Pedro Guerra)
Desde Vida y pérdida llega el momento de dar las gracias a todas aquellas familias que nos acompañan, que forman una red de ayuda entre todas en su compartir… Gratitud a la que la propia palabra no alcanza para reflejarlo desde nosotras. Gracias, gracias.