Mi hermana Ester
No ha habido un día en que no me haya acordado de ti, Hermana, en los más de veintiséis meses transcurridos desde tu partida.
Dónde estarás.
Cómo habrá sido tu viaje.
Por qué tan pronto.
Por qué tan joven.
Cuesta creer que hayan pasado todas esas noches, algunas muy oscuras. Cuesta creer que el tiempo haya seguido deslizándose sin ti.
Tiempo, esa extraña unidad de medida: breve y extenso a la vez. En ocasiones el dolor es muy hondo y siento que fue ayer cuando el zarpazo de un diagnóstico puso nuestro mundo patas arriba. Otras veces diría que han pasado siglos, por todo lo que ha significado tu muerte. Cómo aceptar que no volveré a escucharte, a verte, a abrazarte. A construir historias contigo. Cómo, si no es pensando que formaste parte de otra vida, soñada, que terminó antes de tiempo, llevándose un pedazo de mí.
Tu presencia constante, tu alegría, tu nobleza. Tu calidez, tu dulzura, tu fortaleza. Tus cuidados, tu cercanía, tu respeto. Tu buen humor, tu generosidad, tu baile. Tu inteligencia, tu sensibilidad, tu clarividencia. Dentro de mí resuena, constante, un zumbido. Cambia de tono y color, pero siempre me acompaña: la inagotable nostalgia de ti.
En esta penumbra que es vivir sin tu luz se cuelan imágenes de tu despedida. Y algo oprime, fuerte, por dentro. El estómago se cierra, la garganta se anuda y una pena profunda que nace más allá de las entrañas, se expande hasta salir por los ojos a borbotones. Duele el cuerpo y el espíritu.
Me da rabia, Hermana, que a mi cabeza aún le cueste elegir otros recuerdos, pero los busco y te evoco. Te radiografío. Te traigo de vuelta. Me aferro a retales de vida juntas que sostienen este caminar torpe en el que me encuentro.
Sé, sin embargo, que eres más de lo que guardo en mi memoria. Inabarcable, indescriptible, inenarrable. Orden en mi caos, paz en mi confusión, guía en mis desvelos. Buceo en tu esencia para mantenerla conmigo y sé que siempre me acompañarás, pues discurres y reposas en lo más profundo de mí.
Pero sentirte no es suficiente.
Duele no ver el mundo a través de tu mirada delicada, risueña, serena. Duele que no sigas construyéndolo con esa magia tuya.
Mi vida llega ahora hasta el día en que te fuiste y vuelve a empezar después, en un comienzo roto e inimaginable. Un comienzo que apuntala la fuerza de quienes estuvieron -Papá y su ejemplo- y de quienes todavía estamos. Del tronco del que venimos y de las raíces que nos unen. Un comienzo en el que siguen presentes, esenciales, personas que te son muy queridas y que te amarán por siempre. Con ellas vuelves a vivir porque forman parte de ti, y tú de ellas.
Tus amigas, con quienes aún te veo, que te recuerdan #siempre juntas y siguen enviándote flores. Dani, tu digno compañero, y su familia, que siento como mía, cuyo calor reconforta. Fer y Ana, tierra firme, que hace año y medio nos regalaron un sobrino, Miguel, al que adorarías; él oye hablar de ti y te señala en las fotos con una sonrisa. Julia, motor vital, una mini-tú que le dice, orgullosa, a su primo Miguel «Esta es mi mamá» cuando miran tus fotografías. Que escribe tu nombre aquí y allá, envuelto entre corazones. Mamá, que sigue adelante, a la que cuidamos y que nos cuida, sosteniendo -con su fortaleza, tu recuerdo y nuestro apoyo- el dolor de una madre que ha sobrevivido a su hija. Dolor maternal que conociste en sus dos caras, Hermana, al despedirte de ella y de Julia.
Reconstruirse no es fácil, pero menos ha de serlo el mirar los ojos de la muerte a los treinta y seis años. Y tú lo hiciste con una maestría que enmudece. Eres la grandeza y la sabiduría que escasean.
Desde que no estás, me he movido en aguas turbias. Me he acercado al tabú de la muerte y a cómo afrontar el final de la vida, algo que hice lo mejor que pude cuando seguías aquí y yo negaba, inconsciente, que te nos ibas. He buscado esperanza en quienes hablan de la vida más allá de la vida, de experiencias cercanas a la muerte, del amor inmenso que nos espera al otro lado. Me he aproximado a los cuidados paliativos, sobre los que hablabas con admiración y cariño. «Medicina en estado puro». «Te escuchan sin prisa». Tú, enfermera vocacional, que tanto amabas tu profesión. «La autonomía del paciente». «El descanso del paciente». Que sabías, con tu humanidad, cuidar de quienes estaban en el lado difícil de la vida e iluminar a quienes no lo conocían.
También he aprendido que la sociedad no sabe -no sabemos- acompañar el dolor de la muerte, que el duelo es el precio que pagamos por amar y que vivir duele.
He necesitado ayuda para asimilar lo que ha pasado, Hermana. Para convivir con esta soledad y este vacío que ocupan mucho. Muchísimo. Todo lo que tú llenabas.
Supiste que empecé terapia con Pilar en un momento en el que el miedo me atenazaba y la fuerza de tenerte a nuestro lado era la única forma de seguir adelante. Después de ti busqué, desmoronada, dónde más agarrarme para volver a ponerme de pie. Conocí los grupos de duelo, donde los dolientes -palabra que también he aprendido ahora- buscamos un nuevo sentido a la vida. Encontré un grupo de duelo para hermanas. Hermanas que hemos perdido a nuestras hermanas y hermanos. Hermanas que hablamos un mismo idioma: el dolor de no teneros con nosotras. Cada caso es irrepetible, si bien ayuda el compartir una pérdida tan fundamental en nuestra vida. Nos miramos, nos reconocemos, nos acompañamos, nos sostenemos. Os ponemos en el centro.
Y así estoy, aprendiendo a seguir sin ti, pero contigo. Escribo estas letras y me cuesta creer lo que hay tras ellas. Quiero pensar que continúas con nosotros de otra manera. Que vivirás mientras vivamos. Que nos acompañas y reconfortas como siempre lo has hecho.
Si estás al otro lado, sé que te encontraré junto a Papá.
Si al otro lado no hay nada, ha sido un privilegio compartir este tiempo contigo, aunque me ha sabido a muy poco.
Te añoro cada día. Te quiero y te admiro, con todas mis fuerzas.
Olvidarte nunca, Hermana. Nunca.
Por Margarita García Hernández