Reflexiones sobre el duelo tras el accidente de Adamuz

El 18 de febrero se ha cumplido un mes de la fatídica fecha en la que se produjo el accidente de trenes en Adamuz. Un terrible suceso en el que fueron cuarenta y seis vidas las que se truncaron en ese día, en ese lugar, a esa hora y en las especiales circunstancias en que todo ocurrió. Cuarenta y seis vidas irreemplazables, irrepetibles e insustituibles y cuarenta seis familias afectadas, rotas por el dolor y la incomprensión.

Es desgarrador recibir una noticia así. Cuando es un incidente con repercusión pública, normalmente la alerta ocurre en el instante en que se escucha lo ocurrido y uno cae en la cuenta de que, su familiar o amigo viajaba en un tren, iba en esa dirección y lo hacía sobre esa hora. En ese momento comienza una alerta en la persona que en seguida, busca contactar con el ser querido, sosteniendo la esperanza de que “no le haya podido ocurrir”.

A medida que se van confirmando las peores sospechas, la angustia aumenta y esas horas de espera son muy difíciles de sostener, buscamos intensamente pruebas que certifiquen que no puede ser cierto. En un intento desesperado por que no se cumpla el mayor temor, uno puede decirse de manera repetitiva: “no puede ser, es imposible”. Desde esos instantes, el miedo está presente de manera intensa y durante tiempo después, seguirá presente.

La espera vivida durante la identificación de los fallecidos ha sido un tiempo muy duro para todas las familias, donde lo más importante era atender ese miedo y disminuir la sensación de soledad y descontrol, manejando la incertidumbre que se vivía. Estos dos sentimientos: soledad e impotencia, son los que  hacen sentir más desprotección ante situaciones de emergencia. Según el nivel de soledad y miedo que se viva, el impacto aumenta. Por eso, en esos momentos algunas de las pautas de atención más importantes se centran en: informar de manera clara y concisa, escuchar de forma abierta, ofrecer presencia, buscar a personas cercanas para que sostengan, cubrir las necesidades más básicas y mantener a las personas en un espacio de intimidad seguro.

En este sentido, el soporte del pueblo de Adamuz, los equipos sanitarios, equipos de emergencias y voluntarios que han atendido a los familiares que se iban acercando al lugar del accidente, ha sido básico y un ejemplo gratificante de humanidad.

Una vez confirmada la noticia de la muerte, comienza un estado de impacto emocional, que venía iniciándose desde esa amenaza, pero que en esta constatación, aumenta las sensaciones somáticas como nerviosismo, angustia y/o paralización. Aparece una sensación de irrealidad y confusión con emociones intensas. Aunque los indicios previos van preparando, resulta imposible asimilar una noticia tan repentinamente, lo que repercute con un dolor tan fuerte, que el cuerpo se queda paralizado, sin posibilidad de reacción, con dificultad para tomar decisiones y a veces con insensibilidad. Esta forma natural de respuesta del organismo, a la que en estados muy intensos llamamos disociación, es una manera de protección del inevitable dolor tan desgarrador.

En este tiempo pasado desde el día 18 de enero, no imaginamos lo doloroso que ha podido ser para todas las familias afectadas. Tras ese primer impacto, viene la asimilación de la realidad de la muerte inesperada de su ser querido: aceptar cómo ha ocurrido, navegar por la sensación de inevitabilidad; una necesidad por esclarecer información sobre las causas del accidente, hacerse preguntas y encontrar o no respuestas; lidiar con la opinión pública continua sobre lo acontecido; realizar papeleos administrativos difíciles y trámites complejos. Todo ello no resulta nada fácil y son circunstancias complicadas que no permiten dar paso al duelo de una manera natural.

Este tiempo de asimilación es necesario, donde uno está ralentizado para dar paso a la adaptación de esta nueva realidad. Es importante este espacio para permitirse todas las emociones intensas que van apareciendo, respetando el ritmo en el que cada uno se siente. Tan sólo ha pasado un mes, tiene sentido que sigan presentes altos síntomas de ansiedad y por supuesto, un dolor intenso con sentimientos de rabia y tristeza, incluso en ocasiones culpa. Este tiempo es lo que denominamos duelo agudo. El encuentro con familiares y amigos cercanos consuela y acompaña, siempre que sea con una presencia tranquila y sin presiones.

Y debemos recordar que, el hecho de haber sido un accidente vivido en comunidad hace que el impacto emocional sea muy fuerte, incluso para quienes no han perdido a un familiar directo. Por eso, todos los españoles nos pusimos en la piel de aquellas personas que estaban afectadas. Y, especialmente todas aquellas personas que, estando en el mismo tren, tuvieron una suerte distinta, pues sus vidas quedaron marcadas por este acontecimiento, difícil de asimilar también. Por todo ello, es importante que como sociedad no olvidemos a todas las personas que ahora, siguen procesando lo ocurrido. Naturalizar todo este proceso, es importante y una tarea de todos; reconocer, acompañar y ofrecer nuestro apoyo. Esta entrada del blog va dedicada a todos ell@s.