Las fuentes de la vida: Y Lucía Luna se independizó.
Ha pasado poco más de un año y sigo sin entender la pérdida de mi hija de 19 años en un accidente de tráfico. Y al decir entender, no me refiero a que esté buscando un significado a este espantoso hecho, ni que espere encontrar una razón trascendente que consuele mi dolor. Tampoco pretendo hallar enseñanzas que me impulsen a valorar la vida o a transitar por ella con una nueva mirada. Me refiero a que no puedo entender mi existencia, ni la de quienes nos quieren y nos rodean, sin la presencia física de Lucía Luna. Sin embargo, su luz, su luna, su sol, su fuerza y su inspiración me llenan y sorprenden cada día. Y no solo a mí.
Hace 24 años, en las últimas semanas de embarazo de nuestro primer hijo, que se llamaría Elías y que es el hermano mayor de Lucía, el médico recomendó reposo total. Nosotros vivíamos en Berlín, y en aquel momento, el Estado alemán, nos facilitó un cuidador que venía a casa a ayudarnos con las labores del hogar. Este tipo de trabajos son casi siempre cubiertos por migrantes, en muchas ocasiones altamente cualificados.
A nuestra casa vinieron primero Mohamad de origen libanés y con posterioridad su mujer, Vykinta, nacida en Lituania. Ambos cuidaron de nosotros con muchísima atención, dedicación y un amor que desde el primer momento se notaba sincero. Ellos aún no tenían hijos, pero pronto tuvieron mellizos y nos invitaron a su Aqiqua, el rito religioso del islam equivalente al bautizo. Desde entonces, aunque nuestras vidas nos llevaron por distintos caminos, se estableció entre nosotros un cariño especial, un lazo de amor que nos unía como padres y madres primerizos.
Hará cerca de un mes que, coincidiendo con el día de mi cumpleaños, me llegó un mensaje al teléfono que me dejó sin palabras. Se trataba de un texto al que le acompañaban tres fotos en las que se veía un señor mayor y unos niños de otras latitudes rezando alrededor de una fuente. Una de las imágenes mostraba un detalle de los azulejos de esta en donde, al lado del sol que se ha convertido en símbolo de mi hija fallecida, podía leerse: “Lucía Luna”, y debajo: “Esta fuente ha sido construida por Barakah Charity”. Mudo de emoción, y con los ojos vidriosos pude leer el mensaje que había sido enviado por Vykinta y en el que contaba que en estos años Mohamad había fundado la ONG Barakah Charity que, entre otras cosas, se dedica a llevar agua potable a lugares muy pobres y remotos. Las fotos pertenecían a una de las últimas fuentes que la organización había construido en Nepal y comentaba que, a partir de ahora, todas las fuentes que construyan dentro del proyecto llevarán el nombre de nuestra hija.
Desde que se fue Lucía, son muchas las acciones que hemos iniciado para mantenerla cerca de nosotros. Llenamos la ciudad de Colonia, donde vivimos desde hace casi veinte años, de pegatinas con su símbolo, el sol; participamos en carreras solidarias; logramos que se pusiera un banco público en la ribera del Rin con su nombre; hemos organizado encuentros con sus amigas y amigos; celebrado ceremonias en Colonia, Madrid, Málaga… Sin embargo, todas estas acciones han tenido un mismo denominador común. Han sido pensadas y organizadas por nosotros, sus padres, su hermano o sus familiares más directos.
Poner el nombre de nuestra hija a las fuentes de la vida, así me gusta llamarlas, es un gesto en honor de Lucía que, no solo por inesperado sino también por su significado, trasciende nuestro dolor por su pérdida y hace que su recuerdo se amplie a otros y se nos escape de las manos. De igual manera en la que Lucía hubiera vivido su vida con independencia de sus padres, también su recuerdo vive, crece y evoluciona sin que podamos apropiarnos de él. Alguien me dijo una vez que lo que crece, como el recuerdo y el amor por nuestra hija, no puede estar muerto. Parco consuelo, mas consuelo al fin.
Últimamente vivo en una contradicción difícil de superar. Cuanto menos apego siento a la vida, cuando los derechos humanos son sistemáticamente violados bajo la mirada impasible de los gobernantes, cuando veo que la juventud vive inmersa en unas burbujas que reflejan un mundo ficticio, superfluo, banal y sin valores generado por las redes sociales, cuando veo todas estas cosas, me siento bien, pues me da la sensación de que Lucía no se está perdiendo nada en este mundo por el que yo, al menos, he perdido todo interés.
Sin embargo, cuando veo el amor, la bondad y el cariño de las personas que nos rodean, el sentimiento de unión que esta tragedia ha generado, la participación en los emotivos actos en memoria de Lucía y por supuesto, acciones como la iniciada por Mohamad y Vykinta que incluyen a nuestra hija, paradójicamente me siento muy triste y abatido, pues me hacen ser consciente de que Lucía se nos ha ido de un mundo en el que, pese a todo, existe la bondad y el amor, cosas por las que de verdad vale la pena seguir viviendo.
Los caminos de Vykinta y Mohamad se cruzaron con los nuestros precisamente cuando el milagro de la vida empezaba a gestarse en nuestra familia, y aunque con el tiempo cada uno ha seguido caminando diferentes senderos, siempre se ha mantenido un hilo de cariño y amistad. Ahora es el agua, símbolo de la vida, en lo que han convertido con su acción el espíritu y la energía de nuestra querida Lucía. Con su iniciativa y con el trabajo que realizan dan sentido, no solo a sus vidas, sino también a las nuestras y contribuyen a hacer de este mundo un sitio mejor. Unir las fuentes de agua potable al nombre de Lucía es simplemente un gran honor. Nunca podré encontrar las palabras adecuadas que reflejen nuestro sentimiento de agradecimiento por este gesto.
Quizás lo más parecido se acerque a esa sensación que tenemos los progenitores cuando nuestros hijos e hijas se independizan. Durante años dependieron de nosotros. Sus actividades, el colegio donde estudiaron, sus vacaciones, todo lo controlamos y planificamos. Ahora, gracias a Mohamad y Vykinta siento que Lucía se ha independizado, hace su camino, vuela sin ataduras.
Lucía es amor, luz, agua, tierra y universo. ¡Lo que daría por tenerla aquí junto a nosotros! El dolor de su ausencia es indescriptible, profundo y oscuro, pero su fuerza sigue moviéndonos y su recuerdo impulsándonos a continuar transitando por esta vida, aunque nunca volvamos a ser los mismos, la ilusión se haya apagado de nuestros ojos y yo siga sin poder entender la muerte de Lucía Luna, mi Lu, vuestra Lu.
Si quieres contribuir al trabajo de Barakah Charity, puedes hacer tu donación accediendo a este enlace